Familias Nuevas

Sitio de las familias de Granada

Familias Nuevas - Sitio de las familias de Granada

Pasa Palabra 27/11/2015

El sufrimiento: materia primera para la unidad

(La sofferenza: materia prima per l’unità)

Cuando sufro,
sumerjo mi dolor en el tuyo:
digo mi misa;
y dejo correr mi sufrimiento
a beneficio de la humanidad:
¡como tu has hecho, mi Dios!
(Fonte: Chiara Lubich – la tua, la mia messa)

Pasa Palabra 24/11/2015

La unidad nos hace fuertes

(L’unità ci fa forti)

[…] hacer un pacto de amor recíproco crea un espacio dentro del cual podemos crecer en la confianza mutua. Y el pacto nos hace fuertes en el camino.
http://www.focolare.org/es/news/2012/06/16/un-messaggio-da-belfast-fiducia/
(Fonte: Maria Voce – La cultura della fiducia Belfast 14.6.2012 – http://www.focolare.org/wp-content/uploads/2012/06/It20120614-Inc-ec-a-Belfast-def.pdf)

Pasa Palabra 19/11/2015

Tomar la iniciativa en el amar

(Prendere l’iniziativa nell’amare)
[…] El tipo de amor que estamos llamados a llevar al mundo – nosotros que hemos recibido el don de la fe religiosa- es un amor especial, fuerte como la muerte. No es suficiente la tolerancia o la no-violencia, no basta la amistad o la benevolencia hacia los demás. Es un amor que va hacia todos indistintamente: pequeños y grandes, pobres y ricos, de la propia patria o de otra, amigos o enemigos. Exige misericordia y perdón. Después, debemos ser los primeros en amar, tomando la iniciativa, sin esperar ser amados. Y amar no sólo con las palabras, sino concretamente, con hechos, olvidándonos de nosotros mismos para ponernos al servicio de los demás.
(Fonte: Chiara Lubich – “Il mondo sia invaso d’amore” Messaggio di Chiara Lubich all’Assemblea dei giovani – Hiroshima, 21-25 agosto 2006)
http://www.focolare.org/es/news/2006/09/01/quotil-mondo-sia-invaso-d39amorequot/

Pasa Palabra 16/11/2015

Compartir el dolor del prójimo

(Condividere il dolore del prossimo)

[…]“Y si estábamos dispuestas a dar la vida la una por la otra, era lógico que, mientras tanto, era necesario responder a las mil exigencias que el amor fraterno requería: era necesario compartir las alegrías, los dolores, los pocos bienes, las experiencias espirituales. Nos esforzamos en vivir así para que el amor recíproco estuviera vivo entre nosotras, antes que cualquier otra cosa“.

http://www.focolare.org/es/chiara-lubich/spiritualita-dellunita/amore-reciproco/

Pasa Palabra 15/11/2015

Estar atentos a las necesidades del otro.

[…] Dilatar el amor
Si también quisiéramos dar una mirada, aunque fuera somera, al desarrollo de la capacidad de amar, podríamos ver cómo el camino parte de una amor centrado inicialmente sobre uno mismo y se encamina hacia un amor cada vez más desinteresado y dirigido hacia el otro.
Es éste un crecimiento progresivo, con sus etapas concretas: por ejemplo, de una fase de narcisismo inicial, en el que la persona ama al otro en cuanto éste satisface su necesidad, se pasa a amar buscando satisfacer no las necesidades propias sino las necesidades de la otra persona. Y así, de una fase de aprovechamiento afectivo (“el otro me sirve”), se pasa a la conciencia de tener necesidad del otro (“tú eres importante para mí”), lo que nos hace más humildes y atentos a las necesidades ajenas.[…]
(Fuente: Unità e Carismi – Alessandro Partini – Un amore integrale nella vita consacrata – 07-06-2010 – Ed. Città Nuova)

PALABRA DE VIDA Noviembre 2015

«Para que todos sean uno» (Jn 17, 21).

Es la última y sentida oración que Jesús le dirige al Padre. Sabe que está pidiendo lo que más le importa a Él, pues Dios había creado a la humanidad como familia suya, con la cual compartir todo bien, su misma vida divina. Y ¿qué ansían los padres para sus hijos sino que se quieran, se ayuden y vivan unidos entre sí? Y ¿qué mayor disgusto que el verlos divididos por envidias e intereses económicos hasta dejar de hablarse? También Dios ha soñado desde toda la eternidad con una familia unida en la comunión de amor de los hijos con Él y entre ellos.

El dramático relato de los orígenes nos habla del pecado y de la progresiva desintegración de la familia humana. Como leemos en el libro del Génesis, el hombre acusa a la mujer, Caín mata a su hermano, Lamec se jacta de su desmesurada venganza, Babel provoca la incomprensión y la dispersión de los pueblos… El proyecto de Dios parece haber fracasado.

Sin embargo, Él no se da por vencido, sino que persigue con tenacidad la reunificación de su familia. La historia se reanuda con Noé, con la elección de Abrahán, con el nacimiento del pueblo elegido; y finalmente decide mandar a su Hijo a la tierra, al que encomienda una gran misión: congregar en una sola familia a sus hijos dispersos, reunir a las ovejas perdidas en un solo rebaño, derribar los muros de separación y de enemistad entre los pueblos para formar un único pueblo nuevo (cf. Ef 2, 14-16).

Dios no deja de soñar con la unidad, y por eso Jesús se la pide como el regalo más grande que pueda implorar para todos nosotros: «Te pido, Padre,…

…para que todos sean uno».

Toda familia lleva la huella de los padres. Lo mismo la familia creada por Dios. Dios es Amor no sólo porque ama a su criatura; es Amor en sí mismo, en la reciprocidad del darse y de la comunión por parte de cada una de las tres divinas Personas respecto a las demás.

Por eso, cuando creó a la humanidad, la modeló a su imagen y semejanza e imprimió en ella su misma capacidad de relación, de modo que cada persona viva en la entrega recíproca de sí. La frase completa de la oración que queremos vivir este mes dice: «para que todos sean uno, comotú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». El modelo de nuestra unidad es nada menos que la unidad existente entre el Padre y Jesús. Parece imposible de tan profunda como es. Y sin embargo, se hace posible por ese cómo, que significa también porque: podemos estar unidos como están unidos el Padre y Jesús precisamente porque nos incluyen en su misma unidad, nos la regalan.

«…para que todos sean uno».

Ésta es precisamente la obra de Jesús: hacer de todos nosotros uno, como Él lo es con el Padre, una sola familia, un solo pueblo. Para esto se hizo uno de nosotros, cargó con nuestras divisiones y nuestros pecados y los clavó en la cruz.

Él mismo nos indicó el camino que iba a recorrer para llevarnos a la unidad: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). Como había profetizado el sumo sacerdote, «iba a morir […] para reunir a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11, 52). En su misterio de muerte y resurrección «recapituló todas las cosas en sí» (cf. Ef 1, 10), regeneró la unidad rota por el pecado, recompuso la familia en torno al Padre y nos hizo de nuevo hermanos y hermanas entre nosotros.

Jesús cumplió su misión. Ahora queda nuestra parte, nuestra adhesión, nuestro «sí» a su oración:

«…para que todos sean uno».

¿Cuál es nuestra aportación al cumplimiento de esta oración?

Ante todo, hacerla nuestra. Podemos prestar labios y corazón a Jesús para que continúe dirigiendo estas palabras al Padre y repetir cada día con confianza su oración. La unidad es un don de lo Alto que hay que pedir con fe sin cansarnos nunca.

Además debe permanecer siempre en nuestros pensamientos y deseos. Si éste es el sueño de Dios, queremos que sea también nuestro sueño. De vez en cuando, antes de cualquier decisión, de cada opción, podríamos preguntarnos: ¿sirve para construir la unidad; es lo mejor con vistas a la unidad?

Y deberíamos acudir allá donde las desuniones sean más evidentes y cargar con ellas, como hizo Jesús. Pueden ser roces en la familia o entre personas que conocemos, tensiones que se viven en el barrio, desacuerdos en el trabajo, en la parroquia, entre las Iglesias. No huyamos de las discordias e incomprensiones, no permanezcamos indiferentes; llevemos allí nuestro amor a base de escucha, de atención al otro, de compartir el dolor que brota de esa herida.

Y sobre todo, vivamos en unidad con todos los que estén dispuestos a compartir el ideal de Jesús y su oración, sin dar importancia a malentendidos o discrepancias, contentándonos con lo «menos perfecto en unidad antes que lo más perfecto sin unidad», aceptando con alegría las diferencias e incluso considerándolas una riqueza para una unidad que nunca implica reducción a la uniformidad.

Sí, a veces esto nos clavará en la cruz, pero ese es precisamente el camino que Jesús eligió para recomponer la unidad de la familia humana, el camino que también nosotros queremos recorrer con Él.

Fabio Ciardi

PALABRA DE VIDA Octubre 2015

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35).

Este es el distintivo, la característica propia de los cristianos, el signo para reconocerlos. O al menos debería serlo, porque así concibió Jesús a su comunidad.

Un escrito fascinante de los primeros siglos del cristianismo, la Carta a Diogneto, declara que «los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. En ningún sitio habitan ciudades propias, ni se sirven de un idioma diferente ni adoptan un género peculiar de vida»[1]. Son personas normales, como todas las demás. Y sin embargo, poseen un secreto que les permite influir profundamente en la sociedad y ser como su alma[2].

Es un secreto que Jesús entregó a sus discípulos poco antes de morir. Como los antiguos sabios de Israel, como un padre respecto a su hijo, también Él, Maestro de sabiduría, dejó como herencia el arte del saber vivir y del vivir bien, que había aprendido directamente de su Padre: «Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15), y era fruto de su experiencia en la relación con Él. Consiste en amarse unos a otros. Esta es su última voluntad, su testamento, la vida del cielo que ha traído a la tierra y que comparte con nosotros para que se convierta en nuestra misma vida.

Y quiere que esta sea la identidad de sus discípulos, que se los reconozca como tales por el amor recíproco:

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

¿Se reconoce a los discípulos de Jesús por su amor recíproco? «La historia de la Iglesia es una historia de santidad», escribió Juan Pablo II. Y sin embargo, «hay también no pocos acontecimientos que son un antitestimonio en relación con el cristianismo»[3]. Durante siglos, los cristianos se han enfrentado en guerras interminables en el nombre de Jesús y siguen estando divididos entre ellos. Hay personas que a día de hoy siguen asociando a los cristianos con las Cruzadas y los tribunales de la Inquisición, o los ven como defensores a ultranza de una moral anticuada, opuestos al progreso de la ciencia.

No ocurría así con los primeros cristianos de la comunidad naciente de Jerusalén. La gente sentía admiración por la comunión de bienes que vivían, la unidad que reinaba entre ellos, la «alegría y sencillez de corazón» que los caracterizaba (Hch 2, 46). «La gente se hacía lenguas de ellos», seguimos leyendo en los Hechos de los Apóstoles, con la consecuencia de que cada día «crecía el número tanto de hombres como de mujeres que se adherían al Señor» (Hch 5, 13-14). El testimonio de vida de la comunidad tenía una fuerte capacidad de atracción. ¿Por qué hoy no se nos conoce como aquellos que se distinguen por el amor? ¿Qué hemos hecho con el mandamiento de Jesús?

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Tradicionalmente, el mes de octubre se dedica en el ámbito católico a la «misión», a la reflexión sobre el mandato de Jesús de ir a todo el mundo a anunciar el Evangelio, a la oración y al sostenimiento de todos los que están en primera línea. Esta palabra de vida puede ayudar a todos a esclarecer la dimensión fundamental de todo anuncio cristiano. No consiste en imponer un credo, hacer proselitismo o ayudar de modo interesado a los pobres para que se conviertan. Tampoco debe primar la defensa exigente de valores morales ni el adoptar una postura ante las injusticias o las guerras, aun cuando sean actitudes obligadas que el cristiano no puede eludir.

El anuncio cristiano es ante todo un testimonio de vida que todo discípulo de Jesús debe ofrecer personalmente: «El hombre contemporáneo prefiere escuchar a los que dan testimonio que a los que enseñan»[4]. Incluso los que son hostiles a la Iglesia suelen sentirse conmovidos por el ejemplo de quienes dedican su vida a los enfermos o a los pobres y están dispuestos a dejar su patria para ir a lugares de frontera a ofrecer ayuda y cercanía a los últimos.

Pero lo que Jesús pide sobre todo es el testimonio de toda una comunidad que muestre la verdad del Evangelio. Esta debe mostrar que la vida que Él trae puede generar realmente una sociedad nueva, en la que se viven relaciones de auténtica fraternidad, de ayuda y servicio mutuo, de atención coral a las personas más débiles y necesitadas.

La vida de la Iglesia ha conocido testimonios así, como las reducciones para indígenas que los franciscanos y jesuitas construyeron en Sudamérica, o los monasterios, con las aldeas que surgían alrededor. También hoy, comunidades y movimientos eclesiales dan lugar a ciudadelas de testimonio donde se pueden ver los signos de una sociedad nueva fruto de la vida evangélica, del amor recíproco.

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Sin apartarnos de los lugares en que vivimos ni de las personas que nos rodean, si vivimos entre nosotros esa unidad por la que Jesús dio la vida, podremos crear un modo de vivir alternativo y sembrar en torno a nosotros brotes de esperanza y de vida nueva. Una familia que renueva cada día su voluntad de vivir de modo concreto en el amor recíproco puede convertirse en rayo de luz en medio de la indiferencia de su vecindad. Una «célula local», o sea, dos o más personas que se asocian para practicar con radicalidad las exigencias del Evangelio en su entorno de trabajo, en clase, en la sede sindical, en la administración o en una cárcel, podrá desbaratar la lógica de la lucha por el poder, crear un ambiente de colaboración y favorecer que nazca una fraternidad inesperada.

¿No actuaban así los primeros cristianos de tiempos del Imperio romano? ¿No es así como difundieron la novedad transformante del cristianismo? Nosotros somos hoy los «primeros cristianos», llamados como ellos a perdonarnos, a vernos siempre nuevos, a ayudarnos; en una palabra, a amarnos con la misma intensidad con que Jesús amó, seguros de que su presencia en medio de nosotros tiene la fuerza de arrastrar también a los demás a esta lógica divina del amor.

FABIO CIARDI

[1] Carta a Diogneto, V, 1-2: en Padres apostólicos (“Biblioteca de Patrística” n. 50), Ciudad Nueva, Madrid 2000, 20143, p. 560.

[2] Ibid., VI, 1: en o. cit., p. 561.

[3] Juan Pablo II, bula Incarnationis mysterium, 11.

[4] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 41.

Pasa Palabra 13/11/2015

Passa Parola
13/11/2015

Ser constructores de unidad

(Essere costruttori d’unità)

[…] no podemos pretender nada de nadie, podemos pedir a Dios una gracia suplementaria y podemos hacer nuestra parte para construir esta unidad; es verdaderamente una cuestión de relaciones. Por nuestra parte, continuamos impulsando en esa dirección, pero incluso seguir diciéndolo sirve hasta un cierto punto. Y es que también hace falta, después, que alguien lo haga; así pues, yo os digo: me fío de vosotros, estoy segura de que vosotros ponéis toda la carne en el asador para construir esta familia.

(Fuente: Risposte alle domande – Incontro impegnati del Movimento Parrocchiale e Movimento Diocesano – 19.04.2013)

Pasa Palabra 12/11/2015

Passa Parola
12/11/2015

No quedarnos indiferentes ante las incomprensiones

[…] ¿Qué quiere decir «permanecer en el amor», durante todo el día? […] Nuestro amor puede ser dirigido a Dios o a los hombres e impregnar nuestra relación con todas las criaturas.
Pero permanecer en esta realidad humano-divina del amor comporta siempre, como consecuencia, un <<permanecer en Dios>>.
Y éstas no son bonitas palabras, ni un quedarse, de alguna manera, en contacto con Él como con alguien en el que se piensa, a quien se quiere, sino que es una comunión que llega a la totalidad de nuestro ser.
Hay mil circunstancias que pueden hacernos salir de esta realidad.
Por ejemplo, cuando nos acercamos a alguien, llenos de buena voluntad y con todo el amor de que somos capaces, siempre nos producen una grave herida si, como respuesta, recibimos odio, antipatía o tan sólo indiferencia.
También puede suceder que sea mal interpretado lo que nosotros hacemos, y surgen incomprensiones.
No es fácil entonces acordarse de que, al margen de toda posible aclaración, lo que vale, en cualquier caso, es <<permanecer en el amor>>.

(Fuente: Giorgio Marchetti – Rimanere nell’amore 10-12-2010 – Città Nuova editrice)