Familias Nuevas

Sitio de las familias de Granada

Familias Nuevas - Sitio de las familias de Granada

Agosto 2014

«Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados»(Si 28, 2).

Esta Palabra de vida está tomada de uno de los libros del Antiguo Testamento, escrito entre los años 180 y 170 antes de Cristo por Ben Sira, sabio y escriba que desempeñaba su labor de maestro en Jerusalén. Este enseña un tema muy querido por toda la tradición sapiencial bíblica: Dios es misericordioso con los pecadores, y nosotros debemos imitar su modo de actuar. El Señor perdona todas nuestras culpas porque «es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (cf. Sal 103, 3.8). Pasa por alto nuestros pecados (cf. Sb 11, 23), los olvida volviéndoles la espalda (cf. Is 38, 17). Pues, como sigue diciendo Ben Sira, conociendo nuestra pequeñez y miseria, «multiplica el perdón». Dios perdona porque, como cualquier padre y cualquier madre, quiere a sus hijos, y por eso los disculpa siempre, cubre sus errores, les da confianza y los alienta sin cansarse nunca.

Y puesto que Dios es padre y madre, a él no le basta con amar y perdonar a sus hijos e hijas. Su gran deseo es que se traten como hermanos y hermanas, que estén de acuerdo, que se quieran, que se amen. La fraternidad universal: este es el gran proyecto de Dios sobre la humanidad. Una fraternidad más fuerte que las inevitables divisiones, tensiones y rencores que tan fácilmente se insinúan debido a incomprensiones y errores.

Con frecuencia las familias se deshacen porque no sabemos perdonar. Viejos rencores mantienen la división entre familiares, entre grupos sociales, entre pueblos. Incluso hay quien enseña a no olvidar las ofensas sufridas, a cultivar sentimientos de venganza… Y un rencor sordo envenena el alma y corroe el corazón.

Hay quien piensa que el perdón es una debilidad. No, es la expresión de una valentía extrema, es amor verdadero, el más auténtico porque es el más desinteresado. «Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? –dice Jesús–. Esto lo saben hacer todos. Vosotros amad a vuestros enemigos» (cf. Mt 5, 42-47).

También a nosotros se nos pide, aprendiéndolo de Él, que tengamos un amor de padre, de madre, un amor de misericordia con todos aquellos que encontremos durante el día, especialmente con los que se equivocan. Pero además, a todos los que están llamados a vivir una espiritualidad de comunión, o sea, la espiritualidad cristiana, el Nuevo Testamento les pide aún más: «Perdonaos mutuamente» (cf. Col 3, 13). El amor recíproco exige poco menos que un pacto entre nosotros: estar siempre dispuestos a perdonarnos unos a otros. Solo así podremos contribuir a crear la fraternidad universal.

«Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados».

Estas palabras no solo nos invitan a perdonar, sino que nos recuerdan que el perdón es la condición necesaria para que también a nosotros se nos pueda perdonar. Dios nos escucha y nos perdona en la medida en que sepamos perdonar. El propio Jesús nos advierte: «La medida que uséis, la usarán con vosotros» (Mt 7, 2). «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Pues si el corazón está endurecido por el odio, ni siquiera es capaz de reconocer ni de acoger el amor misericordioso de Dios.

Entonces ¿cómo vivir esta Palabra de vida? Ciertamente, perdonando inmediatamente si hubiera alguien con quien aún no estemos reconciliados. Pero no basta con eso. Será necesario rebuscar por los recovecos más recónditos de nuestro corazón y eliminar incluso la simple indiferencia, la falta de benevolencia, cualquier actitud de superioridad o de descuido con cualquiera que pase a nuestro lado.

Es más, hacen falta medidas preventivas. Por eso, cada mañana veré con una mirada nueva a todos aquellos con quienes me encuentre –en la familia, en clase, en el trabajo, en la tienda–, dispuesto a pasar por alto lo que no esté bien en su modo de actuar, dispuesto a no juzgar, a darles confianza, a tener siempre esperanza, a creer siempre; me acercaré a cada persona con esta amnistía completa en el corazón, con este perdón universal; no recordaré en absoluto sus defectos, lo cubriré todo con el amor. Y a lo largo del día procuraré reparar un desaire o una reacción de impaciencia pidiendo perdón o con un gesto de amistad, sustituir una actitud de rechazo instintivo hacia el otro por una actitud de plena acogida, de misericordia sin límites, de perdón completo, de participación y atención a sus necesidades.

Así, cuando eleve mi oración al Padre, y sobre todo cuando le pida perdón por mis fallos, también yo veré atendida mi petición y podré decir con plena confianza: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6, 12).

 

CHIARA LUBICH

Septiembre 2014

«Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios»(Rm 15, 7).

Estas palabras son una de las recomendaciones finales de san Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Esta comunidad, como tantas otras esparcidas por el mundo grecorromano, estaba formada por creyentes que provenían en parte del paganismo y en parte del judaísmo, es decir, con una mentalidad, formación cultural y sensibilidad espiritual muy distintas. Esta diversidad daba pie a juicios, prevenciones, discriminaciones e intolerancias de unos con otros que, ciertamente, no se avenían con esa acogida mutua que Dios quería de ellos.

Para ayudarlos a superar dichas dificultades, el Apóstol no encuentra medio más eficaz que llevarlos a reflexionar sobre la gracia de su conversión. El que Jesús los hubiese llamado a la fe, comunicándoles el don de su Espíritu, era la prueba palpable del amor con el que Jesús había acogido a cada uno de ellos. A pesar de su pasado y diversidad de procedencia, Jesús los había acogido para formar un solo cuerpo.

«Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».

Estas palabras de san Pablo nos recuerdan uno de los aspectos más conmovedores del amor de Jesús: el amor con que Jesús acogió a todos durante su vida terrena, de modo particular a los más marginados, los más necesitados, los más alejados. Es el amor con el que Jesús ofreció a todos su confianza, su familiaridad, su amistad, abatiendo una a una las barreras que el orgullo y el egoísmo humano habían erigido en la sociedad de su tiempo. Jesús fue la manifestación del amor plenamente acogedor del Padre celestial por cada uno de nosotros y del amor que, en consecuencia, deberíamos tener unos por otros. Esta es la primera voluntad del Padre sobre nosotros; por ello no podríamos dar mayor gloria al Padre que la que le damos al procurar acogernos mutuamente tal como Jesús nos acogió a nosotros.

«Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios».

¿Cómo viviremos, pues, la Palabra de vida de este mes? Esta concentra nuestra atención sobre uno de los aspectos de nuestro egoísmo que se da con más frecuencia y –digámoslo también– más difíciles de superar: la tendencia a aislarnos, a discriminar, a marginar, a excluir al otro porque es distinto de nosotros y podría perturbar nuestra tranquilidad.

Para ello trataremos de vivir esta Palabra de vida ante todo dentro de nuestras familias, asociaciones, comunidades y grupos de trabajo, eliminando en nosotros los juicios, las discriminaciones, las prevenciones, los resentimientos, la intolerancia hacia este o aquel prójimo, tan fáciles y tan frecuentes, que tanto enfrían y comprometen las relaciones humanas y que impiden el amor recíproco bloqueándolo como la herrumbre.

Y luego, en la vida social en general, proponiéndonos dar testimonio del amor acogedor de Jesús hacia cualquier prójimo que el Señor nos ponga al lado, especialmente aquellos que el egoísmo social tiende más fácilmente a excluir o marginar.

Acoger al otro, al que es distinto de nosotros, es la base del amor cristiano. Es el punto de partida, el primer peldaño para construir esa civilización del amor, esa cultura de comunión a la que Jesús nos llama sobre todo hoy.

 

CHIARA LUBICH

Julio 2014

«Además les digo, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos»

 

Esta es, a mi juicio, una de esas palabras de Jesús que estremecen el corazón. ¡Cuántas necesidades en la vida, cuántos deseos lícitos y buenos que no sabes cómo satisfacer, que no puedes saciar! Estás profundamente convencido de que sólo una intervención de lo alto –una gracia del cielo– podría concederte lo que anhelas con todo tu ser. Y entonces oyes repetir de la boca de Jesús, con espléndida claridad, con una certeza inquebrantable, llena de esperanza y de promesa, esta palabra:

 

«Además les digo, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos».

Habrás leído en el Evangelio que Jesús recomienda en varias ocasiones la oración y enseña a obtener. Pero esta oración en la que nos fijamos hoy es realmente original, pues para poder obtener una respuesta del cielo, exige varias personas, una comunidad. Dice: «Si dos de ustedes». Dos. Es el número más pequeño para formar una comunidad. O sea, que a Jesús no le importa el número sino la pluralidad de los creyentes.

Como sabrás, también en el judaísmo es sabido que Dios aprecia la oración de la colectividad. Pero Jesús dice algo nuevo: «Si dos de ustedes se ponen de acuerdo». Quiere varias personas, pero las quiere unidas, pone el acento en su unanimidad: quiere que formen una sola voz.

Deben ponerse de acuerdo sobre qué pedir, ciertamente; pero esta petición debe apoyarse sobre todo en una concordancia de los corazones. Lo que Jesús afirma, en realidad, es que la condición para obtener lo que se pide es el amor recíproco entre las personas.

«Además les digo, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos».

Te podrás preguntar: «Pero ¿por qué las oraciones hechas en unidad tienen mayor efecto ante el Padre?»

Quizá el motivo sea que están más purificadas. Pues ¿a qué se reduce en muchos casos la oración sino a una serie de requerimientos egoístas que recuerdan a mendigos ante un rey más que a hijos ante un padre?

En cambio, lo que se pide junto con los demás está ciertamente menos contaminado por un interés personal. En contacto con los demás uno es más propenso a oír también las necesidades de ellos y a compartirlas.

No sólo eso, sino que es más fácil que dos o tres personas comprendan mejor qué pedirle al Padre.

Así pues, si queremos que nuestra oración sea escuchada, es mejor atenernos exactamente a lo que Jesús dice, o sea:

«Además les digo, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos».

El propio Jesús nos dice dónde radica el secreto de la eficacia de esta oración: éste radica enteramente en el «reunidos en mi nombre». Cuando estamos así unidos, entre nosotros está Su presencia, y todo lo que pedimos con Él es más fácil de obtener. Pues es Jesús mismo, presente donde el amor recíproco une los corazones, quien pide con nosotros los favores a su Padre. Y ¿puedes imaginarte que el Padre no escuche a Jesús? El Padre y Cristo son un todo.

¿No te parece espléndido todo esto? ¿No te da certeza? ¿No te da confianza?

«Además les digo, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan aquí en la tierra, les será hecho por Mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos».

Ahora seguramente te interesará saber qué quiere Jesús que pidas.

Él mismo lo dice claramente: «cualquier cosa». O sea, que no hay ningún límite.

Pues entonces, incluye esta oración en el programa de tu vida. Puede que tu familia, tú mismo, tus amigos, las asociaciones de las que formas parte, tu patria o el mundo que te rodea carezcan de innumerables ayudas porque tú no las has pedido.

Ponte de acuerdo con tus allegados, con quienes te comprenden o comparten tus ideales, y, una vez dispuestos a amarse como manda el Evangelio, tan unidos como para merecer la presencia de Jesús entre ustedes, pidan. Y pidan lo más que puedan: pidan durante la asamblea litúrgica; pidan en la iglesia; pidan en cualquier lugar; pidan antes de tomar decisiones; pidan cualquier cosa.

Y sobre todo no dejen que Jesús quede defraudado por su negligencia después de haberles dado tantas posibilidades.

La gente sonreirá más; los enfermos tendrán esperanza; los niños crecerán más protegidos y los hogares familiares más armoniosos; se podrán afrontar los grandes problemas en la intimidad de las casas… Y ganarán el Paraíso, porque orar por las necesidades de los vivos y de los difuntos es además una de esas obras de misericordia sobre las que nos interrogarán en el examen final.

Chiara Lubich

Junio 2014

«Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 21).

El evangelista Mateo comienza el Evangelio recordando que ese Jesús cuya historia va a narrar es el Dios-con-nosotros, el Enmanuel (cf. Mt 1, 23), y lo concluye refiriendo las palabras arriba citadas, con las que Jesús promete que estará siempre con nosotros, incluso después de que haya vuelto al cielo. Hasta el final del mundo será Dios-con-nosotros.

Jesús dirige estas palabras a sus discípulos después de haberles encomendado la tarea de ir por el mundo entero a llevar su mensaje. Era muy consciente de que los mandaba como ovejas en medio de lobos, y de que sufrirían contrariedades y persecuciones (cf. Mt 10, 16-22). Por eso no quería dejarlos solos en su misión. Así, precisamente en el momento en que se va, ¡promete quedarse! Ya no lo verán con los ojos, no volverán a oír su voz ni podrán tocarlo, pero Él estará presente en medio de ellos, como antes e incluso más que antes. Pues si hasta entonces su presencia se localizaba en un lugar bien preciso –en Cafarnaúm, en el lago, en el monte o en Jerusalén–, de ahora en adelante Él estará dondequiera que estén sus discípulos.

Jesús se refería también a todos nosotros, que tendríamos que vivir en medio de la vida compleja de cada día. Como Amor encarnado que es, habrá pensado: yo quisiera estar siempre con los hombres, quisiera compartir con ellos sus preocupaciones, quisiera aconsejarles, quisiera caminar con ellos por los caminos, entrar en las casas, reavivar su alegría con mi presencia.

Por eso quiso permanecer con nosotros y hacer que sintiésemos su cercanía, su fuerza y su amor.

El Evangelio de Lucas cuenta que después de haberlo visto ascender al cielo, sus discípulos «se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 52). ¿Cómo podía ser? Porque habían experimentado la realidad de esas palabras suyas.

También nosotros estaremos llenos de alegría si creemos de verdad en la promesa de Jesús:

«Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

Estas palabras, las últimas que Jesús dirige a sus discípulos, marcan el final de su vida terrena y, al mismo tiempo, el inicio de la vida de la Iglesia, en la cual está presente de muchos modos: en la Eucaristía, en su Palabra, en sus ministros (los obispos, los sacerdotes), en los pobres, en los pequeños, en los marginados…, en todos los prójimos.

A nosotros nos gusta subrayar en particular una presencia de Jesús: la que Él mismo nos indicó en este mismo Evangelio, el de Mateo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Mediante esta presencia, Él quiere poder establecerse en cualquier lugar.

Si vivimos lo que Él manda, especialmente su mandamiento nuevo, también podemos experimentar esta presencia suya fuera de las iglesias, en medio de la gente, en los lugares donde la gente vive, por todas partes.

Lo que se nos pide es ese amor mutuo, de servicio, de comprensión, de participación en los dolores, en las ansias y en las alegrías de nuestros hermanos; ese amor que todo lo cubre y que todo lo perdona y que es propio del cristianismo.

Vivamos así para que todos tengan la oportunidad de encontrarse con Él ya en esta tierra.

Chiara Lubich

Palabra de vida publicada en Ciudad Nueva n. 387 (5/2002), p. 24.

Mayo 2014

“… en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios”. (2 Cor 5,20)

Es la exhortación de Pablo a los corintios que prosigue el gran anuncio, núcleo de todo el Evangelio: Dios ha reconciliado al mundo con él por medio de Cristo (cf 2 Cor 5, 19).

En la cruz, con la muerte de su Hijo, Dios nos dio la prueba suprema de su amor. Por medio de la cruz de Cristo nos reconcilió consigo mismo.

Esta verdad fundamental de nuestra fe tiene hoy plena vigencia. Es la revelación que la humanidad entera espera: Dios está cerca de todos con su amor y ama apasionadamente a cada uno. La humanidad tiene necesidad de este anuncio, pero lo podemos proclamar si primero lo hemos anunciado repetidamente a nosotros mismos, hasta sentirnos envueltos por este amor, aún cuando todo hiciera pensar lo contrario.

 

“… en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios”

Pero esta fe en el amor de Dios no puede permanecer encerrada en el interior de cada uno, como bien explica Pablo: Dios nos confió la tarea de conducir a otros a la reconciliación con él (cf 2 Cor 5, 18), encomendando a cada cristiano la gran responsabilidad de dar testimonio del amor de Dios para con sus criaturas.

Todo nuestro comportamiento debería hacer creíble esta verdad que anunciamos. Jesús dijo claramente que antes de presentar la ofrenda en el altar debemos reconciliarnos con nuestros hermanos si tuvieran algo contra nosotros (cf Mateo 5, 23-24).

Y esto vale antes que nada en nuestras comunidades: familias, grupos, asociaciones, Iglesias. Estamos llamados a derribar todas las barreras que se opongan a la concordia entre las personas y los pueblos.

“… en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios”

“En nombre de Cristo” significa “en su lugar”. Haciendo las veces de él, viviendo con él y como él, amémonos como él nos amó, sin limitaciones ni prejuicios, sino abiertos a acoger y apreciar los valores positivos de nuestro prójimo, dispuestos a dar la vida los unos por los otros. Este es el mandamiento por excelencia de Jesús, el distintivo de los cristianos, válido hoy como en los tiempos de los primeros cristianos.

Vivir esta palabra significa convertirnos en reconciliadores.

Y entonces cada gesto, cada palabra, cada actitud que adoptemos, si está impregnada de amor será como las de Jesús. Como él seremos portadores de alegría y de esperanza, de concordia y de paz, de ese mundo reconciliado con Dios (cf 2 Cor 5, 19) que toda la creación espera.

Chiara Lubich

Este comentario se publicó por primera vez en enero de 1997.

PALABRA DE VIDA, abril 2014

PALABRA DE VIDA, abril 2014[1]

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34).

Querrás saber cuándo dijo Jesús estas palabras. Pues bien, habló así antes de iniciar su pasión. Fue entonces cuando pronunció un discurso de despedida que constituye su testamento, del que estas palabras forman parte. Conque ¡fíjate si son importantes! Si lo que dice un padre antes de morir es algo que nunca se olvida, ¿qué ocurrirá con las palabras de un Dios? Así pues, tómatelas muy en serio y tratemos juntos de entenderlas profundamente.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».

Jesús se dispone a morir, y todo lo que dice refleja este próximo evento. En efecto, su marcha inminente requiere ante todo resolver un problema. ¿Cómo puede Él permanecer entre los suyos para poner en marcha la Iglesia?

Ya sabes que Jesús está presente, por ejemplo, en los actos sacramentales: en la Eucaristía de la misa Él se hace presente. Pues bien, también donde se vive el amor mutuo está presente Jesús, pues Él dijo: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (y esto es posible mediante el amor recíproco), allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). O sea, en una comunidad cuya vida profunda es el amor recíproco, Él puede permanecer eficazmente presente. Y a través de la comunidad puede seguir revelándose al mundo, puede continuar influyendo en el mundo.

¿No te parece espléndido? ¿No te dan ganas de vivir inmediatamente este amor junto con los demás cristianos, tus prójimos?

Juan, que relata las palabras que estamos meditando, ve en el amor recíproco el mandamiento por excelencia de la Iglesia, cuya vocación es precisamente ser comunión, ser unidad.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».

Jesús dice justo después: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). De modo que si quieres buscar la verdadera marca de autenticidad de los discípulos de Cristo, si quieres conocer su distintivo, debes detectarlo en el amor recíproco puesto en práctica. Los cristianos se reconocen por este signo. Y si éste falta, el mundo dejará de descubrir a Jesús en la Iglesia.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».

El amor recíproco crea la unidad. Y ¿qué es lo que obra la unidad? «Que sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17,21), sigue diciendo Jesús. La unidad, que revela la presencia de Cristo, arrastra al mundo detrás de Él. Ante la unidad, ante el amor recíproco, el mundo cree en Él.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».

En este mismo discurso de despedida, Jesús llama suyo a este mandamiento.

Es suyo, y como tal le importa especialmente.

No debes entenderlo simplemente como una norma, una regla o un mandamiento como los demás. Aquí Jesús quiere revelarte un modo de vivir, quiere decirte cómo plantear tu existencia. En efecto, los primeros cristianos ponían este mandamiento como base de sus vidas. Decía Pedro: «Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros» (1 P 4, 8). Antes de trabajar, antes de estudiar, antes de ir a misa, antes de cualquier actividad, comprueba si reina el amor mutuo entre tú y quien vive contigo. Si es así, sobre esta base todo tiene valor. Sin este fundamento, nada es agradable a Dios.

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros».

Jesús te dice además que este mandamiento es nuevo. «Os doy un mandamiento nuevo». ¿Qué quiere decir? ¿Tal vez que este mandamiento no era conocido?

No. Nuevo significa hecho para los tiempos nuevos. Entonces ¿de qué se trata?

Mira: Jesús murió por nosotros. Es decir, nos amó hasta la medida extrema. Y ¿qué tipo de amor era? Ciertamente no como el nuestro. Su amor era divino. Él dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9). Es decir, nos amó con el mismo amor con que se aman el Padre y Él. Y con ese mismo amor debemos amarnos mutuamente para poner en práctica el mandamiento nuevo.

Ahora bien, semejante amor, tú, hombre o mujer, no lo tienes. Pero alégrate, porque lo recibes como cristiano. Y ¿quién te lo da? El Espíritu Santo lo infunde en tu corazón y en el corazón de todos los que creen.

De modo que hay una afinidad entre el Padre, el Hijo y nosotros, los cristianos, gracias al mismo amor divino que poseemos. Este amor nos introduce en la Trinidad. Y es este amor el que nos hace hijos de Dios.

Por este amor, el cielo y la tierra están conectados como por una gran corriente. Por este amor, la comunidad cristiana es elevada a la esfera de Dios y la realidad divina vive en la tierra donde los creyentes se aman.

¿No te parece divinamente bello todo esto y extraordinariamente fascinante la vida cristiana?

Chiara Lubich



[1] Publicada en Ciudad Nueva n. 299 (5/1994), p. 33.

PALABRA DE VIDA febrero 2014

«Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios»
(Mt 5, 8)

 

La predicación de Jesús se abre con el sermón de la montaña. Ante el lago de Tiberiades, en una colina cerca de Cafarnaún, sentado, como solían hacer los

maestros, Jesús anuncia a la muchedumbre cómo es el hombre de las bienaventuranzas. Ya en el Antiguo Testamento había resonado varias veces la palabra «bienaventuranza», es decir, la exaltación de quien cumplía de distintos modos la Palabra del Señor.

Las bienaventuranzas de Jesús evocan en parte las que los discípulos ya conocían; pero ahora oían por primera vez que los puros de corazón no sólo eran dignos de subir al monte del Señor, como cantaba el salmo (cf. Sal 24, 4), sino que incluso podían ver a Dios. ¿Qué pureza era esa

tan alta como para merecer tanto? Jesús lo explicaría varias veces a lo largo de su predicación. Por ello, tratemos de seguirlo para beber en la fuente de la auténtica pureza.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Ante todo, según Jesús, hay un medio excelente de purificación: «Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he anunciado» (Jn 15, 3). No son los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas; en ella está presente Cristo, así como está presente de otro modo en la

Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros siempre que la dejemos actuar, nos hace libres del pecado y, por tanto, puros de corazón.

Así pues, la pureza es fruto de vivir la Palabra, todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamadosapegos, en los que caemos sin remedio si no tenemos el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Pueden referirse a las cosas, a las criaturas o a uno mismo. Pero si el corazón está atento solo a Dios, todo el resto cae.
Para salir airosos de esta empresa puede ser útil repetir durante el día a Jesús, a Dios, esa invocación del salmo que dice: «Señor, tú eres mi único bien» (cf. Sal 16, 2).Repitámoslo a menudo, y sobre todo cuando algún

apego quiera arrastrar nuestro corazón hacia esas imágenes, sentimientos y pasiones que pueden ofuscar la visión del bien y quitarnos la libertad.

Cuando nos apetezca mirar ciertos carteles publicitarios o ver ciertos programas de televisión, ¡no! Digámosle: «Señor, tú eres mi único bien», y este será el primer paso para salir de nosotros mismos y volver a declararle a Dios nuestro amor. Y así habremos ganado en pureza.
¿Nos percatamos a veces de que una persona o una actividad se

interponen, como un obstáculo, entre Dios y nosotros y empañan nuestra relación con Él? Entonces es el momento de repetirle: «Señor, tú eres mi único bien». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones yrecobrar la libertad interior.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Vivir la Palabra nos hace libres y puros porque es amor. El amor es lo que purifica con su fuego divino nuestras intenciones y toda nuestra intimidad, pues el corazón, según la Biblia, es la sede más profunda de la

inteligencia y de la voluntad.

Pero hay un amor que Jesús nos recomienda y que nos permite vivir esta bienaventuranza: el amor recíproco, el amor de quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Este crea una corriente, un intercambio, un clima cuya nota determinante es precisamente la transparencia, la pureza, por la presencia de Dios, que es el único que puede crear en nosotros un corazón puro (cf. Sal 51, 12). Si vivimos el amor mutuo, la Palabra produce sus efectos de purificación y santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir largo tiempo a las instigaciones mundanas, mientras que en el amor recíproco encuentra el

ambiente sano capaz de proteger su pureza y toda su existencia cristiana auténtica.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Y aquí está el fruto de esta pureza que siempre hay que reconquistar: que se puede ver a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, oír su voz en el corazón, captar su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.

 

Es un modo de saborear la presencia de Dios ya desde esta vida, «caminando en fe y no en visión» (cf. 2 Co 5, 7), hasta que veamos «cara a cara» (1 Co 13, 12) eternamente.

 

Septiembre 2013

Un amor concreto

 

No amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad”, (1 Juan 3, 18).

 

Es san Juan quien escribe esta frase. Pone en guardia a su comunidad frente a los que exaltaban con palabras la fe en Jesús, pero una fe que no se concretaba en obras. Es más, éstas eran consideradas inútiles o superfluas, como si Jesús lo hubiese hecho ya todo. Se trataba de una fe vacía y estéril, porque dejaba la obra de Jesús sin el aporte indispensable que él nos pide a cada uno.

 

Amar con hechos. La verdadera fe, dice el apóstol, es la que da prueba de sí al amar como Jesús amó y nos enseñó a hacerlo. Ahora bien, la primera característica de este amor es lo concreto. Jesús no nos amó con hermosos discursos, sino que pasó entre nosotros haciendo el bien, sanando a todos, plenamente disponible para con quienes se le presentaban, comenzando por los más débiles, los pobres, los marginados… y dando su vida por nosotros.

 

El apóstol dice que además de amar con hechos tenemos que hacerlo también en la verdad. El amor cristiano, al tiempo que trata de traducirse en hechos concretos, se preocupa por inspirarse en la verdad del amor que encontramos en Jesús; se preocupa por realizar obras conformes a sus sentimientos y enseñanzas. Es decir que tenemos que amar en la dirección y en la medida que nos muestra Jesús.

 

¿Cómo vivir la Palabra de este mes? Su mensaje es hasta demasiado claro. Se trata de una llamada a la autenticidad cristiana en la que tanto insistió Jesús. Pero, ¿no es ésta también la gran expectativa del mundo? ¿No es acaso verdad que el mundo de hoy quiere ver testigos del amor de Jesús?

 

Amemos, entonces, con hechos y no de palabra, y comencemos por los servicios humildes que nos solicitan cada día los prójimos que están a nuestro lado. Amemos en la verdad. Jesús actuaba siempre en sintonía con la voluntad del Padre; y de la misma manera también nosotros tenemos que movernos en sintonía con la palabra de Jesús. Él quiere que lo veamos detrás de cada prójimo. En efecto, lo que le hagamos al otro lo considera hecho a él. Además, él quiere que amemos a los demás como a nosotros mismos y que nos amemos entre nosotros dispuestos a dar la vida el uno por el otro.

Amemos, entonces, de esta manera para ser instrumentos de Jesús para la salvación del mundo.

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Chiara Lubich

 

Palabra de Vida publicada por primera vez en Ciudad nueva en agosto de 1988.

PALABRA DE VIDA, JULIO 2013

 «Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5, 14).

Estas palabras de Pablo, el Apóstol, son breves, estupendas, lapidarias, clarificadoras. Nos dicen cuál debe ser la base del comportamiento cristiano, lo que debe inspirarlo siempre: el amor al prójimo. El Apóstol ve en la práctica de este mandamiento el pleno cumplimiento de la ley, la cual dice: no cometerás adulterio, no robarás, no desearás… y ya se sabe que quien ama no hace nada de esto: quien ama no mata, no roba… «Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero quien ama no sólo evita el mal.

Quien ama se abre a los demás, quiere el bien, lo hace, se entrega: llega a dar la vida por la persona amada. Por eso Pablo escribe que amando al prójimo no sólo se observa la ley, sino que se alcanza «la plenitud» de la ley. «Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Si toda la ley consiste en amar al prójimo, hay que considerar los demás mandamientos como medios para iluminarnos y guiarnos para saber encontrar en las intrincadas situaciones de la vida el camino para amar a los demás; hace falta saber leer en los demás mandamientos la intención de Dios, su voluntad. Él quiere que seamos obedientes, castos, contenidos, mansos, misericordiosos, pobres… para practicar mejor el mandamiento de la caridad. «Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Nos podríamos preguntar: ¿cómo es posible que el Apóstol omita hablar del amor a Dios? La cuestión es que el amor a Dios y al prójimo no compiten entre sí; al contrario, el uno, el amor al prójimo, es expresión del otro, del amor a Dios. Pues amar a Dios significa hacer su voluntad, y su voluntad es que amemos al prójimo. «Toda la ley se cumple en una sola frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo». ¿Cómo poner en práctica esta Palabra? Está claro: amando al prójimo, amándolo de verdad. Lo cual significa: donarnos a él, pero donarnos desinteresadamente. No ama quien manipula a su prójimo en función de sus propios fines, aunque sean de lo más espiritual, como por ejemplo hacerse santo. Tenemos que amar al prójimo, no a nosotros mismos. Sin embargo, es indudable que quien ama así se hace santo de verdad; será «perfecto como el Padre», porque habrá cumplido lo mejor que podía hacer: ha entendido bien la voluntad de Dios, la ha puesto en práctica; ha observado plenamente la ley. Y ¿no es cierto que al final de la vida se nos examinará únicamente sobre el amor? Chiara Lubich